¿Quién carga con el peso? El gran desafío del déficit fiscal en América Latina

En 2024, la región latinoamericana enfrenta un reto mayúsculo: mantener gastos públicos elevados a pesar de ingresos débiles, lo que deriva en déficits fiscales que comprometen su crecimiento y estabilidad financiera. Según estimaciones, el promedio regional para el déficit fiscal rondaba un -5 % del PIB durante la primera mitad del año.

Las causas son múltiples: por un lado, la recaudación tributaria sigue rezagada frente a los estándares de países con niveles similares de desarrollo. Por otro, el crecimiento económico es moderado —alrededor del 2 % para la región en 2024 según Inter‑American Development Bank (IDB). Así, cuando los gastos sociales, las pensiones, los intereses de la deuda y las obras de infraestructura no bajan, se genera el desbalance fiscal.

Por ejemplo, en el caso de Brasil, la combinación entre elevada carga de intereses y déficit estructural condujo a un saldo negativo cercano al 7,8 % del PIB. En el caso de México, también registró un déficit cercano al 4 % del PIB a mediados de año, con perspectivas de empeoramiento.

Este desequilibrio tiene implicaciones profundas: por un lado, reduce la capacidad de los gobiernos para invertir en infraestructura, salud, educación y adaptación al cambio climático —todos elementos vitales para el desarrollo sostenible. Por otro, eleva la vulnerabilidad ante choques externos: tasas de interés internacionales altas, recesiones en socios comerciales o caídas de los precios de las materias primas pueden agravar la situación.

Ahora bien, ¿qué herramientas tienen los países latinoamericanos para enderezar el rumbo? En primer lugar, reforzar la recaudación: modernización del sistema tributario, combate a la evasión fiscal y ampliación de la base impositiva. También es clave controlar el crecimiento del gasto público, priorizando inversiones de alto impacto que generen retorno económico y social. Finalmente, fortalecer las reglas fiscales que permitan prever y limitar los desbalances estructurales, más allá del ciclo económico.

El camino no es sencillo, pero es urgente. Menos déficit fiscal no significa solo ajuste y austeridad: significa liberar espacio fiscal para que los estados latinoamericanos puedan reaccionar ante pandemias, crisis climáticas, transformaciones tecnológicas y los retos de la próxima década. De lo contrario, estos desequilibrios permanecerán como una pesada losa para el crecimiento y la prosperidad.

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